No sé ser otra cosa
mas que el borde de este abismo.
El doble filo de una navaja
que no sabe cortar por lo sano.
No tengo memoria.
Recorro una y otra vez
el mismo vacío.
No hay pies en polvorosa
ni salto,
ni permiso.
Permanezco inmóvil
al pie de la escalera,
columpiándome en la barandilla
de este hastío.
No hay suficiente oscuridad
para los caminantes dormidos
que escupen sus diatribas
carentes de sentido.
Caminantes de paso firme y perdido,
elefantes torpes
en un bosque de cristal pulido.
No me sirve
el sueño deseado.
Los atardeceres fugaces
de frágiles retornos
lo dieron todo
por el pájaro en mano.
Mejor lo malo conocido,
mejor mal acompañado.
Es lo que hay.
Y el tiempo atrapado,
ladra a los callejones de piedra
como ataúdes dormidos.
Veo el aro,
restalla el látigo.
Ahí está la trampa con cartón,
cubriendo la fosa común
de una felicidad baldía.
No sé ser otra cosa
que una continua fuga
del acompasado son de los días
que nunca sabrán tocar
a cuatro voces.
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