Todo está igual, nada ha cambiado. No debería sorprenderme, pero nunca me acostumbro al orden de las cosas, a esta realidad en fila, a este paso que lleva a otro, me es realmente difícil caminar de este modo. Si fuera valiente me saltaría los saludos, lo esperado, lo útil, lo conveniente, lo acordado.
Todo puede ser cuando aún no es nada, la posibilidad me retiene, me para en seco al borde de un inicio en blanco. Romper con el primer paso este espejismo de logro, para hundirme momentos después en la comprobación inútil de que este deseo es sólo un cadáver que arrastro esperando la resurrección. Es mi Lázaro particular al que saludo cada mañana para comprobar que el muerto no soy yo.
Ser uno mismo es una ruleta rusa, una bala de desprecio o ganar una vida propia. Deseo la muerte de este parásito que divierte al personal.
Y así vuelvo a la importancia de las cosas, a la importancia de un desconocido. La eterna línea que desea ser traspasada, me disfrazo de indiferencia, no hay peor disfraz. Temo comprobar que no hay nada al otro lado, que no hay nadie, tal vez ni siquiera yo… pero no me sirve, no me soy útil a este lado, no me quiero aquí. He de elegir un buen lugar desde el que saltar, pero siempre hay alguien observando, el canon de las cosas, su maldito orden, la bendición de un triste absurdo, un sinsentido acordado. El camino de lo aceptable vuelve a tender esa cuerda con la que bien podría ahorcarme. Pero me agarro. Me agarro y me repito una vez más, debes soltarte.
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Ser las olas golpeando las rocas,
La furia de un mar insondable,
La violencia conteniada en el colapso,
El golpe en la palabra,
El puño sangrante contar el muro.
No dejarse atrapar por el amanecer,
Correr más que las horas,
Vencer la nausea de los días,
Pedirle un baile a la muerte,
Colocar la bandera en estas ruinas,
Despreciar la propia alma,
Diseminarse en cualquier viento,
Pisar la sombra al diablo,
Dejarse engullir por la ballena,
Dejar que el hastío me bendiga.
Ser el hijo de nadie,
Aullar en el desierto y
Que ni la muerte pueda abrazarme.
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